Ángela Muro no es sólo el nombre de una cantante, es por encima de todo, una atmósfera. Además escribe, compone, produce. Mujer autosuficiente, sola. La industria dice que mejor acompañada. Pero es que la industria vive en los paraísos fiscales de la inteligencia, en la dudosa originalidad de los lugares comunes, verdes praderas con hilo musical, orquestaciones para el ascensor. Àngela, por el contrario, ha cartografiado los paisajes de su propio paraíso, el terrenal. Doce territorios para rendirse a la evidencia: el encuentro frente a un ser humano que aspira dolor y expele amor y compasión en respuesta al mismo hecho de existir. Como muestra la voz rotunda de su último trabajo, la vida puede ser dolorosa, pero siempre es bella (más o menos). Ángela es dueña de un swing velado y una sensualidad excepcional, reticente a improvisar, pero capaz de recurrir a lo mínimo sin perder el equilibrio y desnudar las canciones hasta su esencia (esto es, de comprenderlas). Hay algo en su perfección vocal y en la meticulosidad de su canto que la hace memorable, nada previsible, con gran capacidad para sorprender y “transmitir”. Sus dos discos previos –”Extraño Mineral” (1998) y “Marrón Glacé” (2008)– son suficientes para definirla como artista. Es una prerrogativa de la creación: no sabe lo que quiere, pero sí lo que no quiere. Entre otras cosas porque el arte no es una respuesta, es una pregunta. En este último trabajo (“Paraíso terrenal”) se muestra como una mujer prodigiosa, hija de la experiencia musical y heredera de una sensibilidad que la hace única. A pesar de la apariencia sentimental de sus textos, la música se convierte en la materialización aérea de ideas, la búsqueda de la libertad dentro de unos límites exactos. A todo ello cabe añadir una voz que entiende perfectamente el clímax, un porte de elegancia envidiable, la dosis justa de arrogancia y un conocimiento de lo que deben ser los contenidos, el ambiente sonoro, el equilibrio instrumental, la producción, en definitiva. Arreglos imaginativos que siempre suenan diferentes y un eco que lo tiñe todo de personalidad hacen que escuchar una interpretación de Ángela Muro equivalga a viajar a Latinoamérica, al blues o a cierta jondura andaluza. No hay melodía, letra o ánimo de una canción que se resistan a la consistencia de su carácter, que convierte todas las piezas musicales en una aventura, con variaciones significativas que las distinguen. La industria necesita etiquetas, como las grandes superficies: música fusión, música infusión, música confusión. El buen oyente no las necesita. Lo aseguraba Igor Stravinsky: “Sólo hay dos categorías, mala y buena”. Este disco que ha compuesto Ángela Muro es el mejor trabajo que se podía escuchar de ella. No ha escrito “la Verdad”, porque “la Verdad” es mentira (sólo un concepto      teológico, como los ovnis o los reality show); no ha sido   objetiva (nadie que ama lo es). Ha sido honrada, y eso, querida amiga, es buena literatura y mejor música.                                                                           Paco Espínola Carlos Bullejos/fotógrafo